Una buena ley – Ley de transplantes de órganos – Editorial – Opinión


Como pocas, la Ley 1805 del 2016, que ratificó que todos los colombianos son donantes de órganos, demostró en corto tiempo su efectividad y que los conceptos que fundamentan la necesidad de proyectar la solidaridad hacia personas en riesgo de muerte tienen un impacto positivo en la mayoría de la población.

Por fortuna, contra lo que muchos detractores vaticinaban, en un año de vigencia el número de trasplantes aumentó casi en una cuarta parte con respecto al 2016, lo cual merma de manera significativa las penosas listas en las que hoy se encuentran 2.488 colombianos, a la espera de un órgano, sin contar los otros miles que necesitan un tejido vital.

Pero, más allá de la efectividad de la ley en los números, esta norma también ha propiciado la apertura de muchos espacios de discusión sobre un tema que, por estar ligado a la muerte e incluso a creencias religiosas, se convierte en esquivo para la mayoría de los habitantes y por excepción exclusivo de médicos, hospitales y enfermos.

Colombia debe considerar que tiene una ley de avanzada que depende únicamente de la buena voluntad de la gente. El camino está en el sentido adecuado.

Y, en ese sentido, saber que es un asunto que incumbe a todos compromete en grado sumo a un diálogo que empieza consigo mismo y con las convicciones propias. Lo que no excluye que quienes, por algún precepto supremo, consideren que no pueden ser donantes lo hayan dejado certificado en vida de manera explícita.

Colombia debe considerar que tiene una ley de avanzada que depende únicamente de la buena voluntad de la gente. El camino está en el sentido adecuado. Y, aunque la tasa subió a 8,8 donantes por millón de habitantes, aún está distante de la ideal y de la que exhiben otros países de la región, donde la norma tiene más carrera.

El ciudadano debe pensar que él mismo o uno de sus seres queridos pueden beneficiarse. Y es una buena práctica hablar al respecto en familia. En síntesis, necesitan sentido humanitario, entender las necesidades vitales y estar dispuestos a ayudar a alguien más.

editorial@eltiempo.com




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