Las ciudades no han dejado de competir por fábricas, puertos, tecnología e innovación. Pero en el siglo XXI han sumado una dimensión decisiva: la competencia por atención, prestigio y capital cultural. Hoy, quien controla la cultura, el arte, los museos, las bienales y la creatividad urbana influye también sobre inversión, turismo y reputación global.
La cultura dejó de ser un ornato urbano para convertirse en una de las infraestructuras económicas y geopolíticas más poderosas del mundo. Este desplazamiento marca un cambio profundo del orden global. Ya no son únicamente las ideologías políticas o las alianzas militares las que organizan el mapa del poder.
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Hoy, la geopolítica también se juega en el terreno simbólico: en quién produce narrativas, quién concentra capital cultural y quién logra convertirse en escenario de referencia para el arte, la innovación y la creatividad. Las ciudades se han convertido en actores estratégicos dentro de esta nueva geopolítica de la cultura.
Lucrecia Piedrahita, arquitecta y curadora de arte. Foto:Cortesía
Sector cultural: una apuesta estratégica
Mientras muchos gobiernos consideran el sector cultural como un gasto superfluo, las grandes potencias urbanas lo entienden como una apuesta estratégica. París, Miami, Seúl, Lisboa, Riad o Abu Dhabi no construyen museos por romanticismo: están construyendo plataformas de poder blando.
Abu Dhabi levantó el Louvre y el Guggenheim en Saadiyat Island para inscribirse en el mapa cultural del planeta. Arabia Saudita, con su plan Visión 2030, ha invertido decenas de miles de millones de dólares para convertir cultura y entretenimiento en la base de su economía post-petróleo.
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París ha destinado miles de millones de euros a expandir su sistema museístico porque sabe que quien atrae audiencias globales atrae también capital global, talento y legitimidad internacional.
El caso de Miami es aún más elocuente. Art Basel Miami transformó en dos décadas una ciudad turística en un nodo central del mercado cultural internacional. Decenas de miles de visitantes, cientos de galerías, coleccionistas, bancos privados y marcas de lujo convergen cada año alrededor del arte.
Intervención del artista venezolano Carlos Cruz Diez durante la feria Art Basel en Miami en 2017. Foto:EFE
El arte, instrumento de posicionamiento geopolítico y cultural
El impacto económico no es marginal: hotelería, restaurantes, bienes raíces, comercio y finanzas giran alrededor de ese circuito. El arte dejó de ser un sector aislado y se convirtió en una máquina urbana de generación de valor, pero también en un dispositivo de posicionamiento geopolítico de la ciudad en el sistema cultural global.
Este proceso no es nuevo en la teoría urbana. Rem Koolhaas lo anticipó cuando habló de la Generic City: ciudades que, al competir por capital, visibilidad y consumo global, empiezan a parecerse entre sí, reproduciendo los mismos museos ícono, los mismos distritos culturales y los mismos paisajes de prestigio. Y lo llamó ‘Junkspace’ al espacio resultante de esa lógica: territorios producidos por flujos de capital, eventos y consumo simbólico más que por memoria, comunidad o vida cotidiana. En la geopolítica de la cultura, estas formas no son un accidente: son la arquitectura misma del poder contemporáneo.
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Según la Unesco, las industrias culturales y creativas representan más del 3 por ciento del PIB mundial y, en muchas grandes ciudades, superan el 10 por ciento del empleo. Estos números desmienten definitivamente la idea de que la cultura es un lujo. Hoy es una de las principales industrias del capitalismo contemporáneo, aunque opere en clave simbólica.
La creatividad se ha convertido en una nueva forma de infraestructura estratégica, comparable a la energía, la tecnología o las finanzas.
Feria de arte Art Basel en Miami en 2015. Foto:Juan David Correa López
Pero aquí aparece una tensión que merece atención estratégica. Esta carrera global por convertirse en ciudad creativa tiene efectos secundarios que deben ser gestionados con inteligencia urbana: presión sobre el suelo, transformaciones aceleradas del paisaje social y una creciente competencia por los recursos simbólicos y espaciales.
En la lógica de la geopolítica cultural, no solo se disputa visibilidad, sino también control territorial, capital humano y centralidad simbólica.
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Cuando la cultura se convierte en un activo de alto valor, su impacto depende de cómo se diseñen los marcos institucionales que la regulan. La pregunta entonces no es si la inversión cultural es deseable; lo es, sino para quién y bajo qué condiciones se estructura el ecosistema urbano que la sostiene.
Una ciudad puede ofrecer museos emblemáticos y ferias internacionales y, al mismo tiempo, enfrentar el desafío de sostener una vida cultural profunda y distribuida en su propio territorio.
Espectadores observan a ‘La Gioconda’ (La Mona Lisa), de Leonardo da Vinci, en el Museo del Louvre. Foto:EFE
La atracción de turismo, capital y visibilidad global no siempre se traduce automáticamente en ecosistemas creativos sólidos para quienes viven y producen en la ciudad.
El verdadero desafío para las ciudades creativas no es simplemente atraer grandes eventos, sino diseñar modelos en los que ese capital simbólico y económico se convierta en infraestructura cultural sostenible: formación de públicos, fortalecimiento de creadores e instituciones, calidad del espacio urbano y circulación de oportunidades.
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Las ciudades que logran este equilibrio no solo ganan visibilidad internacional; construyen también resiliencia cultural y soberanía creativa.
En América Latina, este debate es particularmente relevante. Las ciudades de la región buscan ocupar un lugar en el mapa cultural global, pero lo hacen desde contextos marcados por informalidad y fragilidad institucional.
Museo del Louvre de París, Francia, recibe más de 8 millones de visitantes al año. Foto:AFP
Una herramienta para el desarrollo
La cultura puede ser una poderosa herramienta de desarrollo y proyección internacional, siempre que se entienda no como ornamento, sino como sistema productivo, educativo y simbólico dentro de la geopolítica contemporánea.
Medellín, como muchas otras ciudades, se encuentra en ese punto de inflexión. Puede usar la cultura como un instrumento de posicionamiento internacional o puede convertirla en una infraestructura de largo plazo que fortalezca su tejido social y creativo. La diferencia entre ambas estrategias no es estética; es estructural y geopolítica.
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Las ciudades no solo compiten con fábricas, con puertos o con tecnología. Compiten con ecosistemas de imaginación, aprendizaje, diseño y producción cultural.
En la nueva economía global, el valor no se genera únicamente en bienes materiales, sino en la capacidad de producir sentido, innovación y pertenencia.
Escultura del artista Fernando Botero en Medellín, Colombia Foto:EL TIEMPO
La cultura, en este contexto, es una forma de poder. Define qué ciudades importan, qué narrativas circulan y qué territorios atraen talento, inversión y atención.
En la guerra global por las ciudades creativas, ganar no significa únicamente atraer turismo y capital. Significa, sobre todo, construir ciudades capaces de convertir la creatividad en un activo compartido, sostenible y estratégicamente situado en el mapa del siglo XXI.
Lucrecia Piedrahita (*)
Arquitecta y curadora de arte

