Evocación de una insurgencia | El Comercio


1959. En el extremo sur de El Ejido, y en una casa que ya no existe, había un café llamado Venecia en cuya rocola sonaba el Only you de los Platters, alternándose con Neil Sedaka, que cantaba Oh, Carol. Ulises Estrella, Bolívar Echeverría, Luis Corral y yo nos encontrábamos allí todas las noches, ajenos al ruido circundante, embebidos en nuestras discusiones sobre Heidegger y Sartre, suavizadas a veces con largas lecturas que nos llevaban desde Beaudelaire hasta Vallejo, pasando por Rilke y Valéry.

Como todos los jóvenes de todos los tiempos, estábamos inconformes. Rechazábamos al gobierno de Ponce, a los gringos, a nuestros escritores, los convencionalismos, los códigos que habíamos empezado a estudiar por presión familiar; rechazábamos la religión que nos habían inculcado. Queríamos fundar un mundo nuevo.

Poco después tomamos la decisión heroica: abandonamos los estudios de derecho y fuimos a estudiar filosofía en la Facultad del doctor Verdesoto, que se encontraba en la calle Chile, frente al local que entonces tenía diario EL COMERCIO. Cuando se nos unió Marco Muñoz, nuestras reuniones se trasladaron al cafecito de la esquina de la calle Benalcázar, instalado en la casa que perteneció a Marietta Veintimilla. Se llamaba Águila de Oro y le cambiamos de nombre, de acuerdo con su dueño: ese fue el Café 77 y se convirtió en nuestro cuartel general. Los Beatles reemplazaron a los Platters y poco después Bolívar y Luis se fueron a Alemania.

Ponce terminó su presidencia, volvió Velasco Ibarra, y un día fundamos el grupo Tzántzico porque habíamos decidido cortar y reducir las cabezas de nuestros predecesores. En abril del 62 se presentó públicamente el grupo con un recital llamado “Cuatro gritos en la oscuridad”, en el que participaron Ulises y Marco, más los nuevos tzántzicos: el argentino Leandro Katz y Simón Corral, el hermano menor de Luis. Después, nuevas adhesiones que enriquecieron al grupo: Antonio Ordóñez, Rafael Larrea, Raúl Arias y Humberto Vinueza, con quienes se completó el primer círculo. Y hubo otros después: Alfonso Murriagui, Pancho Proaño, Abdón Ubidia, Alejandro Moreano…Como yo me fui como maestro a Piñas, terminé por separarme, pero siempre les seguí desde lejos.

Seis años después, cuando me encontraba ya en París, en la primera etapa de una larga ausencia, Ulises me dio la noticia de la disolución del grupo. Cada vez más cerca de los sindicatos, había cumplido su papel después de una agitada historia que todavía no se ha escrito. No me corresponde a mí juzgarla; solo recuerdo que Agustín Cueva, luego de calificar al grupo como “tierno e insolente”, escribió que sus irreverencias expresaban la verdad de nuestra cultura de entonces. Ayer, cuando se cumplieron cincuenta años de aquel final inevitable, se puso en circulación una antología poética de los tzántzicos, junto a la actual producción de sus sobrevivientes.

ftinajero@elcomercio.org



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