Historia de la banda musical de Carurú, Vaupés – Música y Libros – Cultura


En el momento en que Dexter Arango Patria, indígena de la etnia Tuyuca, vio por primera vez el saxofón, tuvo miedo. “Un instrumento musical de oro”, pensó. Ese dorado, que otrora fue suyo, lo asombró y lo abrumó al mismo tiempo antes de poder tocarlo.

El instrumento era parte de una dotación que el Plan Nacional de Música para la Convivencia llevó a su municipio, Carurú, Vaupés, en el 2006. Siete años después, en el 2013, Dexter se atrevió a acercarse a uno.

Saxofones, clarinetes, cornos, trompetas, trombones y redoblantes entraron a Carurú en el mismo avión en el que entran gasolina, cerdos, bultos de soya o de papá, visitantes y todo lo que haga falta en la región. Probablemente todos juntos en el mismo viaje.

Banda Musical de Carurú, Vaupés.

Los jóvenes de la banda y su director, Victor Andrés Serna, en el DC3 de regreso luego del Concurso Nacional de Bandas de Paipa.

Aunque también se puede ir por el río Vaupés, el desplazamiento puede tardar hasta 15 días. Entonces lo más conveniente para los instrumentos era llegar por aire, aunque fuera en el legendario DC-3, al que Víctor Andrés Serna, director de la Banda Escuela Pluriétnica de Carurú, llama “chiva aérea” debido a su carga y sus condiciones de vuelo, pues al aterrizar en la pista improvisada, este camión con alas puede revolcar toda la carga.

El viaje tarda hasta dos horas desde Villavicencio o una desde San José del Guaviare. Según Víctor, hay que contar con 800.000 pesos solo para entrar y salir de Carurú a uno de estos municipios. A eso hay que sumarle lo que valga llegar hasta Villavicencio o San José del Guaviare. Así que ir y salir de Carurú puede resultar más costoso que viajar a Miami.

Banda Musical de Carurú, Vaupés en el Concurso Nacional de Bandas de Paipa

Victor y sus músicos en el desfile inaugural del Concurso Nacional de Bandas de Paipa realizado el 29 de septiembre de 2018.

Pese a lo que significan estas complicaciones, Serna y la banda se postularon para el Concurso Nacional de Bandas y consiguieron los fondos para llevar hasta Paila, en Boyacá, a los 31 representantes de Vaupés, quienes tuvieron que viajar 28 horas.
Pero esta no era la primera vez que llegaban hasta allí, pues han estado en el Concurso cuatro veces. En su debut, “los muchachos tenían mucha pena de salir, que la gente los viera porque todo el mundo vestido y ellos no, entonces salieron muy tímidos, pero yo les decía: ‘muchachos, es que la banda del Vaupés es así, esa es la esencia’” y cuando vieron que la gente los acogía, los abrazaba, bailaba con su música y hasta fotos les pedían, “entonces esa timidez se fue”, relata Serna.

Luego de finalizar todas sus presentaciones en el Concurso el pasado 30 de septiembre, Dexter decía: “Estoy viviendo una experiencia inolvidable. El frío, las cosas bonitas que hay por aquí, las montañas, todo este concreto… ¡y las bandas, una vaina que uno no se espera escuchar!”.

“Estoy viviendo una experiencia inolvidable. El frío, las cosas bonitas que hay por aquí, las montañas, todo este concreto…

Mientras tanto, Serna lo miraba con orgullo, pues Dexter, a sus 21 años, es el mayor de los integrantes y quizás el más enamorado de la música sinfónica que en el 2009 el director, que entonces tenía la edad actual de su alumno, llegó a enseñar desde Marsella, Risaralda, luego de que uno de sus maestros de la universidad lo invitara a la aventura de dar clases en el interior de la selva y que él, sin más referencias que el mapa que encontró en Google, aceptó jocosamente solo porque ahí “seguro iba a poder pescar”.

Banda musical de Carurú, Vaupés en Paipa

Los jóvenes de la Banda Escuela hicieron descalzos todo el recorrido del desfile inaugural del Concurso Nacional de Bandas de Paipa. Tal y como lo hacen en su territorio.

Más que peces, el músico se encontró un cuento por construir. Le costó trabajo explicarles a los habitantes que cuando decía ‘banda’ no hablaba de nada relacionado con la guerra, pues en el municipio, que fue centro de acopio del frente primero de las Farc y escenario de constantes hostigamientos, no sabían con qué más asociar esa palabra. Tanto que Dexter, antes de hacerse saxofonista, empezó tocando el redoblante porque había visto en televisión que así empezaban los enfrentamientos.

Luego de convencerlos de que se trataba de una banda de paz y de lograr que los carurenses se enamoraran de la música sinfónica, todavía hacía falta algo. No tenían dónde ensayar. Guardaban los instrumentos en un cuarto construido en madera, como la mayoría de las casas, y rogaban que no lloviera para que no se inundara. Ensayaban bajo la sombra de un árbol para evitar el sol inclemente: hasta 35 grados centígrados pueden llegar a marcar los rayos de sol en Carurú.

Banda Musical de Carurú, Vaupés.

Para usar el maquillaje rojo que se ve en sus rostros, los integrantes de la banda pasan por una dieta en la que no consumen ni sal ni cierto tipo de pescados, pues todo hace parte de un ritual.

En el 2010 consiguieron uno de los estímulos del Ministerio de Cultura para levantar la sede, pero construir en medio de la selva es costoso: un bulto de cemento puede llegar a costar 100.000 pesos, es decir, tres veces más que en cualquier lugar del interior del país. Así que la administración municipal puso la mayor parte del presupuesto y el salón quedó terminado.

Allí, todos los días, de 2 a 6 de la tarde llegan carurenses entre los 8 y los 21 años a aprender. Serna dice que son apasionados, talentosos y sobre todo, con una riqueza cultural proveniente de 17 etnias con 17 lenguas, costumbres, rituales y tradiciones diferentes entre sí.

Sin embargo, el director todavía debe afrontar algunos desencuentros: “Ellos están perdidos de la hora. Entonces de repente son las 3 p.m. y para ellos es igual que sean las 4 o las 5”. Así que el director de la Banda Escuela va de casa en casa diciendo: “Vámonos pa’ la banda porque ya son las 4 y hay que ensayar”.

Entonces de repente son las 3 p.m. y para ellos es igual que sean las 4 o las 5

Y al mismo tiempo ha aprendido. Sabe que son las 5:30 de la tarde o de la mañana cuando el sonido aturdidor de las aves envuelve todo el territorio. Conoció la música indígena y sus estudiantes le enseñaron cómo tocarla para que luego él lograra ensamblarla con otros ritmos folclóricos como la cumbia o el bambuco, pues para él, el carrizo, el mavaco, el yupurutú y las demás músicas indígenas son tan colombianas como las otras.

Doce años después de la fundación de la Banda Escuela y a pesar de que la música que más se escucha en Carurú, en las cuatro horas de luz eléctrica que llega, es la popular, hoy la banda hace parte del territorio. Tanto, que cuando no los incluyen en los eventos, la gente los pide, mientras que a Dexter su familia lo apoya para que vaya a estudiar música en la universidad y pueda “tocar temas como de películas”, como dice él.

ANA HINCAPIÉ
Escuela Multimedia EL TIEMPO



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