¿El fin de las vacas flacas? / Análisis de Ricardo Ávila – Sectores – Economía


Indover Sayago recuerda con claridad lo sucedido entre el 17 y 19 de agosto de 2015, cuando la vida como la conocía cambió de un momento a otro. Habitante de San Antonio del Táchira y actual vicepresidente de la Cámara de Comercio de ese municipio venezolano, señala que “fue un momento muy triste”.

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Del otro lado de la línea fronteriza, Eduardo Prato vio desde Cúcuta cómo se desarrollaba la situación. De un momento a otro, el gobierno de Nicolás Maduro ordenó la deportación de 2.300 colombianos que habitaban en la zona limítrofe, un proceso que comenzó con pintar las puertas de las viviendas de quienes serían expulsados y que derivaría en un éxodo de unas 22.000 personas en los días siguientes.

La construcción de albergues para recibir a tantos desplazados se convirtió en una prioridad para las autoridades colombianas. Pocos se imaginaban que esa sería la primera de muchas crisis que incluirían el cierre de los pasos migratorios, la suspensión de los vínculos comerciales y la ruptura de las relaciones diplomáticas entre dos naciones con un pasado común.

También resultaba imposible anticipar en aquel entonces que esa salida forzosa sería el preámbulo de la peor emergencia humanitaria en la historia reciente de las Américas. A lo largo de los años, cerca de seis millones de ciudadanos de Venezuela acabarían abandonando su país en busca de oportunidades en otras latitudes.
Buena parte de los marchantes hicieron el recorrido a pie, por trochas ilegales, a merced de criminales que exigían el pago de dinero por permitir el tránsito. Muchos llegaron a diferentes destinos dentro del continente, pero el grupo más grande se quedó en el territorio nacional. Según Migración Colombia, la diáspora venezolana en el país asciende a casi 2,5 millones de individuos.

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Más allá de los abusos cometidos por Caracas y la infructuosa respuesta de la comunidad internacional que apoyó a la oposición representada por Juan Guaidó y abogaba por un cambio de régimen, el impacto de la tensión dejó múltiples estragos en Norte de Santander y en el Táchira. La que era un área vibrante y próspera, en la que lo normal era contar con amigos y parientes en múltiples lugares, entró en barrena, dando paso a la ilegalidad y el desespero.

Sayago señala que “casi todos los negocios entraron en quiebra”. Para el recuerdo quedaron datos como el de los 225.000 vehículos que en 2008 cruzaron de un lado hacia el otro tan solo en esa zona, sin incluir estadísticas de otros puntos limítrofes.

Nuevo comienzo

Claramente, esa realidad está a punto de cambiar. Los anuncios hechos desde el Palacio de Miraflores y la Casa de Nariño, la designación de embajadores que ya cuentan con su respectivo beneplácito y la reactivación de contactos, tanto entre funcionarios como entre integrantes del sector privado, muestran que se aproxima una normalización en las relaciones que a más de uno no le suena del todo, pero que despierta sonoros aplausos en la zona limítrofe.

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Así se constató el jueves pasado, cuando se llevó a cabo el Acuerdo de la Frontera en el Hotel Casino Internacional de Cúcuta. Este es un encuentro de gremios empresariales que viene trabajando desde hace meses en allanar el camino y en el cual, aparte de 350 asistentes, estuvieron presentes los ministros de Comercio y Transporte de Colombia, además del futuro embajador en Caracas, Armando Benedetti.

Esta vez los aplausos sonaron con más fuerza, ante la expectativa de que antes de que se acabe el año el flujo de personas y mercancías se permita sin dificultades, además del paso de vehículos de carga. “La gente está entusiasmada. Creemos que algo bueno está por venir”, puntualizó Indover Sayago.

Que permanecen obstáculos, es algo indudable. Una visita al puente de Tienditas por parte de la delegación colombiana reveló el jueves que, si bien la estructura binacional está en buen estado, todavía del lado venezolano hay una decena de contenedores y dos gandolas que alguna vez se utilizaron para llevar combustible, obstaculizando el tránsito. Al respecto, el gobernador del Táchira señaló que la ruta será despejada, pero que las barreras son el símbolo de la resistencia.

Dicha afirmación pone de presente los retos que permanecen y que exigirán muchas horas de trabajo y buena voluntad de las partes. Al respecto, el ministro de Comercio, Germán Umaña, subraya que “la apertura tiene que ser ordenada e institucional”.
Lo anterior implica que aparte de los canales diplomáticos es obligatorio avanzar en temas de seguridad, normas de transporte y comunicaciones efectivas, ya sea en el ámbito regional o nacional. Tan solo en el caso del comercio, del lado colombiano requieren estar involucradas, entre otras, la dirección de Aduanas, el Instituto Colombiano Agropecuario, el Invima, la Policía Fiscal y Aduanera y la Policía Nacional.
Pocas personas están tan capacitadas para el proceso como Umaña, quien hasta su nombramiento encabezaba la Cámara de Comercio Colombo Venezolana y conoce a los actores clave en el terreno. Quizás por ello, el funcionario no hace falsas promesas sobre lo que viene. Al ser interrogado sobre cuándo va a suceder la reapertura plena, responde con un lacónico “cuando esté lista”.

Y es que los hilos sueltos son muchos. Por ejemplo, está la exigencia del seguro obligatorio de accidentes de tránsito para los vehículos que entren a Colombia o la del de responsabilidad civil, en el otro sentido.

Mucho más complejo todavía es el desmonte de la cultura de la ilegalidad. En Venezuela, las alcabalas de la Guardia Nacional con el fin de controlar los desplazamientos se traducen en el pago de dinero para poder seguir, lo cual forma parte de la conocida ‘matraca’.

A lo anterior se suma la presencia de una quincena de organizaciones criminales, solamente en Norte de Santander. Tanto en La Guajira como en Arauca, o más al sur, el entorno es todavía más desafiante, entre otras por la presencia de las disidencias de las Farc o el Eln.

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De ahí que resulte clave la estrategia regional para involucrar a la población y apoyarse en las organizaciones locales, con el fin de proponer soluciones y emitir alertas tempranas. El camino no será fácil, pues aparecerán desconfianzas e incontables dificultades prácticas, muchas atribuibles al debilitamiento del Estado venezolano.

La oportunidad

Aun así, el cambio de partitura está justificado. Desde el punto de vista de la geopolítica, la invasión de Rusia a Ucrania llevó al gobierno de Joe Biden a dialogar con Nicolás Maduro, con el propósito de garantizar su seguridad energética, lo cual acabó en la práctica con el cerco diplomático que tanto impulsó la administración Duque.

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Si bien la recuperación de la industria petrolera venezolana tomará años y la aprehensión entre numerosas multinacionales sigue, los conocedores afirman que la producción de crudo –cercana a unos 750.000 barriles diarios actualmente– debería subir en unos 300.000 en un plazo relativamente corto. Esa circunstancia le ayudará a una economía que experimentó una verdadera caída libre y cuyo tamaño es una cuarta parte del de mediados de la década pasada.

No obstante, el año pasado tuvo lugar una estabilización y para este los pronósticos hablan de una expansión del 20 por ciento. Tanto los mejores precios de los hidrocarburos como la dolarización en la práctica de numerosos sectores permiten entender que la escasez en los anaqueles haya desaparecido, al igual que las largas filas para comprar gasolina.

Semejante realidad se ha traducido ya en un mayor apetito por productos nacionales. En contra de lo que pudiera creerse, el intercambio sigue, a través del punto fronterizo de Paraguachón, en el norte del país. Para citar un caso, el conocido ron Pampero se distribuye en botellas hechas en Colombia.

Las cifras son elocuentes. El monto exportado, que llegó a unos 300 millones de dólares en 2021, alcanzó ese número al cierre del primer semestre de 2022. No suena descabellada, entonces, la proyección del Ministerio de Comercio, según la cual el próximo año la suma oscilaría entre 1.800 y 2.000 millones de dólares, con la intención de llevarla a más de 4.000 millones para 2026.

Entre los renglones más significativos en las ventas se encuentran alimentos, medicamentos, productos de acero, repuestos, papel, cartón y plásticos. Usualmente el pago es por anticipado, algo que se facilita con la eliminación de los controles cambiarios.

Por su parte, del lado venezolano la expectativa es grande. Según datos de Fedecámaras, el uso de la capacidad instalada de la industria es apenas del 27 por ciento, con lo cual la esperanza es que el acceso al mercado colombiano permita una especie de renacer fabril.

Si eso será posible o no, es algo que solo se sabrá con el tiempo. Incluso los más optimistas reconocen que retornar a los niveles de 2008 –cuando el intercambio superó los 8.000 millones de dólares– resultará muy difícil en el futuro previsible. “Será un relacionamiento muy distinto al que conocimos, porque el aparato productivo de Venezuela está en muy malas condiciones, lo que impide la complementación económica sobre la que se basaba nuestra relación”, sostiene la experta Magdalena Pardo.

Entre los muchos retos se encuentra la necesidad de que el desequilibrio en la balanza comercial no sea excesivo a favor de Colombia. No faltará quien diga que eventualmente el desfase se subsanará si llega el momento de comprarle gas a Caracas para suplir el mercado interno, pero ojalá dicho escenario no acabe volviéndose realidad pronto y menos por cuenta de políticas gubernamentales que amenazan la autosuficiencia energética.

En el entretanto, vale la pena recordar que Venezuela tradicionalmente fue un destino natural para incontables empresas colombianas. Según la firma Araújo Ibarra, entre 1991 y 2020 las exportaciones a la nación bolivariana fueron el segundo renglón más significativo, después de Estados Unidos y por encima de China, con más de 46.000 millones de dólares facturados en el periodo.

Entre los peligros que surgen hacia adelante se encuentra el de un nuevo enfriamiento, pues el régimen chavista es el mismo de siempre y puede cambiar de opinión de la noche a la mañana. “La inseguridad jurídica permanece, y en ese contexto hacer negocios es muy riesgoso”, advierte Magdalena Pardo. Sin embargo, ha quedado claro que los grandes damnificados de un cierre son los ocho millones de pobladores de la zona fronteriza.

Debido a ello, es mutuamente conveniente el cambio de partitura. Mayor apertura al libre tránsito de mercancías y personas resulta conveniente para la maltrecha democracia venezolana y hace más factible un cambio anhelado. Y si el proceso se traduce en una calidad de vida superior, por cuenta de que se creen más empleos y surjan nuevas oportunidades, mejor todavía.

Blanca Kelin de la Cámara de Comercio de Cúcuta dice que la expectativa es enorme en una ciudad donde la informalidad laboral es la más elevada del país. A su vez, Eduardo Prato, quien opera cuatro peluquerías en la capital nortesantandereana, ve con optimismo lo que viene, entre otras porque observa una mayor resiliencia. “Aprendimos a ser autosuficientes cuando nos tocó”, observa.

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Falta ahora concretar los anuncios a ver si, al contrario del sueño del faraón egipcio que relata la Biblia, a siete años de vacas flacas les siguen muchos años más de vacas gordas. Tanto los venezolanos como los colombianos que habitan en inmediaciones de la línea limítrofe se los merecen.

RICARDO ÁVILA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
En Twitter: @ravilapinto

Sobre la reapertura

EL TIEMPO habló con Luis Alberto Russián, Presidente de la Junta Directiva de CAVECOL -Cámara de Integración Económica Venezolano Colombiana, sobre la reapertura de relaciones diplomáticas y comerciales entre Colombia y Venezuela.

¿Cómo están las expectativas en Venezuela sobre la apertura de la frontera colombo-venezolana?

Desde el lado venezolano las expectativas son muy positivas respecto a la apertura de la frontera entre el Norte de Santander y el estado Táchira, y el relanzamiento de la relación entre los dos países. Existen expectativas positivas, pues ha sido necesario volver a tener contacto con la gente con la que históricamente hemos tenido contacto para hacer negocios y para vivir, para compartir. Históricamente había cadenas de valor binacional muy importantes en distintos sectores, pues las economías de Venezuela y Colombia siempre han sido muy complementarias. Entonces, aunque Venezuela en los últimos años ha buscado otros socios y Colombia ha buscado otros socios a nivel internacional, sabemos que las relaciones que se cultivaron en el pasado y las que se vieron afectadas por esta zona ajena a los empresarios fueron positivas en general.

¿Considera que la reapertura de la frontera traerá desafíos?

Claro que trae desafíos. La Venezuela de hoy y la Colombia de hoy no son los mismos países de cuando hubo el distanciamiento, pero una de las cosas más importantes es que se está dando comunicación entre Caracas y Bogotá y tiene que ver con la posibilidad de generar consenso para tratar distintos temas que son necesarios tratar y que no se resuelven sin ser tratados. Y desde allí, empezar otra vez a reconstruir la confianza entre los sectores públicos y entre los empresarios. Inclusive, hay algunos que se sienten afectados por la manera en la que se dieron las cosas en el pasado. Entonces, esta es una nueva oportunidad que genera expectativas positivas en general.

¿Qué riesgos y oportunidades tendrá este suceso para ambas naciones?

La verdad es que el riesgo es estar de espaldas. Dos países complementarios, que son hermanos, que tienen vínculos y que podrían ayudarse a desarrollar, porque el tema de la integración no es un hecho en sí mismo que se genera en el vacío, sino que es un hecho que se genera como condición para mejor calidad de vida de la gente, de la población y poder trabajar juntos con agendas conjuntas o consensuadas para el desarrollo económico y social de ambos países es el objetivo que siempre se ha debido tener o se ha tenido. Entonces es poder tener la interlocución de los dos lados para poder abordar temas, pueden ser de comercio, de seguridad, de seguridad jurídica, de seguridad personal, cuencas hidrográficas, de servicios básicos, de servicios de gas, de energía eléctrica, es muy amplio porque va más allá del comercio formal.

¿Qué sucederá con el comercio?

En cuanto al comercio existen grandes desafíos, hay brechas importantes en este momento que cuando las condiciones de competitividad del sector privado colombiano y el sector privado venezolano, pero es una oportunidad porque al analizar las brechas se puede trabajar sobre ellas para poderlas disminuir, entonces genera la oportunidad en Venezuela de que se generen consensos público-privados en la definición de una estrategia o estrategias para el desarrollo de Colombia como mercado, así como lo ha hecho Colombia respecto a Venezuela, y así poder trabajar en esas delimitaciones que tenemos. Existen oportunidades para el comercio en el caso de Venezuela para el sector alimentario, agrícola, higiene personal, higiene del hogar, medicamentos, textil, confección, calzado, etc. Del lado colombiano también existen oportunidades en alimentos, en energía, en medicamentos, en papel cartón para empaques, en temas de confitería que está muy presentes en Venezuela, etc.

¿En qué otros escenarios la reactivación del comercio binacional podría traer beneficios?

Si no nos concentramos solo en los bienes y pensamos un poco más amplio, este tema del desarrollo social puede darse también porque puede involucrarse el turismo, el turismo nacional que se hace con frecuencias aéreas que podrían reactivar la actividad de las cadenas de hoteles, las que hospedan, los restaurantes, los centros de convención, pero también es un turismo regional que da entre los Santanderes de Colombia y el Táchira y Mérida de Venezuela, por decirlo de alguna manera. Entonces hay una dinámica regional de conocimiento mutuo que tiene que ver con los vínculos históricos y sociales de la historia común de estas poblaciones, donde también se visitaban pequeñas posadas, restaurantes, lugares artesanales o iban a ver un parque, un poso de agua, a conocerse. Esto genera vínculos, es positivo, reactiva y genera un círculo virtuoso en esa relación. Entonces son muchos los desafíos, son muchas también las oportunidades y por eso estamos tan contentos de que exista la posibilidad cierta de un relanzamiento de la relación binacional más allá de las diferencias y limitaciones.


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