Columna de opinión Omar Oróstegui sobre tragedia en La Calera – Bogotá


Lo sucedido en la vía a La Calera es consecuencia de problemas desatendidos desde hace mucho tiempo, y no simplemente el resultado del cambio climático, como suele argumentarse para no asumir responsabilidades.

Para empezar, hay que mencionar el crecimiento poblacional desordenado que originaron los barrios en la UPZ San Isidro Patios de los cerros orientales, donde las ocupaciones ilegales en zonas de reserva llevan años y explican en parte los problemas ambientales e hidráulicos que hoy se presentan a causa de las lluvias. Desde hace décadas, muchos cauces de las quebradas fueron intervenidos por las comunidades asentadas allí, ante la dificultad que tenían para tener el servicio de agua y alcantarillado por ser barrios no legalizados.

Con el tiempo, el Distrito fortaleció la infraestructura de servicios públicos y movilidad de estos cinco barrios que hacen parte de la localidad de Chapinero. Y aunque estas acciones mejoraron la calidad de vida de la población, no evitaron que continuaran los procesos de ocupación ilegal en varias zonas de protección en el borde urbano con el municipio de La Calera. Problemas que continúan hasta hoy, según los reportes oficiales.

A lo anterior se suma todo un desarrollo inmobiliario de casas campestres y condominios que han presionado los sistemas de alcantarillado y drenaje en la zona. Por lo tanto, cuando la temporada de lluvias es intensa, estos sistemas colapsan fácilmente y las quebradas terminan buscando su cauce natural y desbordándose.

Pero no es solo un tema de inundaciones, también es una falta de atención al mantenimiento de los árboles en la vía, que ante las fuertes lluvias y vientos terminan cayendo y obstaculizando el paso de vehículos. Una vía cada vez más congestionada por carros y ciclistas, donde es frecuente ver trancones para subir a La Calera y al barrio San Luis.

Por tanto, lo sucedido en estos días no es culpa del cambio climático. Es más una falta de atención y planeación para evitar desastres como consecuencia de las inundaciones y el deslizamiento de tierra debido a las ocupaciones ilegales y la desatención de la CAR y las autoridades respectivas al control del desarrollo inmobiliario y la gestión del recurso hídrico en los cerros orientales de Bogotá.

Hay que controlar los impactos de las intervenciones humanas en las microcuencas de la zona, y focalizar mejor las acciones en la recuperación y preservación de varias quebradas de los cerros orientales. Como es el caso de Morací, San Antonio, Olivos, Pardo Rubio y Sureña, por citar las que tienen las peores condiciones.

También hay que prestar más atención a las acciones para la mitigación del cambio climático y la atención de desastres. No es posible que los indicadores oficiales ya venían registrando picos históricos en las precipitaciones durante los últimos 3 años para el mes de noviembre, y a pesar de eso no se mejorara la planeación para la gestión de riesgo en esta temporada. De nada vale un buen ejercicio de monitoreo a las condiciones ambientales, si no se toman las decisiones de política pública a tiempo.

Hay que actuar pronto; de lo contrario, esto apenas será el primer capítulo de varias emergencias que vendrán como resultado de una inadecuada planeación ambiental y gestión del suelo en el borde urbano. Lo de La Calera es apenas un ejemplo de lo que seguirá pasando cuando se desatienden hechos que se pueden prevenir y anticipar con la gestión de riesgos a una escala regional.

ÓMAR ORÓSTEGUI
DIRECTOR DE FUTUROS URBANOS.


Fuente